🌿 Reflexión; La deuda vista con otros ojos.
Amiga, quiero invitarte a mirar la deuda con otros ojos, no para negarla ni para justificarla, sino para comprenderla de verdad. La deuda que hoy te preocupa no comenzó en un banco ni en una tarjeta; comenzó en una idea mucho más antigua y silenciosa: la creencia de que, de alguna manera, fallaste y ahora debes compensarlo. Por eso pesa tanto. No por el dinero en sí, sino por la historia que llevamos encima cuando la miramos.
Cuando pensamos en deuda, casi siempre aparece la culpa. Culpa por no haber sabido, por no haber previsto, por no haber hecho “mejor”. Y esa culpa se disfraza de responsabilidad, cuando en realidad es miedo. El miedo de no ser suficientes, de haber tomado malas decisiones, de no merecer descanso hasta que todo esté “arreglado”. Pero el Curso nos recuerda algo esencial: la culpa no corrige nada, solo perpetúa la ilusión de separación.
El dinero, visto desde la verdad, es neutro. No tiene intención, no castiga, no premia. Somos nosotros quienes le damos significado según la voz que estemos escuchando. Cuando escuchamos al ego, el dinero se convierte en un juez: nos mide, nos compara, nos condena. Cuando escuchamos al Espíritu, el dinero simplemente ocupa su lugar funcional, sin peso emocional ni carga moral.
Por eso la deuda se vuelve tan opresiva cuando creemos que define quiénes somos. Cuando dejamos que una cifra nos diga si somos responsables, dignas o valiosas. Pero tu valor no fluctúa con tus cuentas. No sube ni baja según tus estados financieros. No hay una versión “mejor” de ti esperando al final de una deuda pagada. Ya eres completa ahora.
Desde la mirada del Amor, no existe una deuda que tengas que pagar para merecer paz. No hay una balanza divina ajustando cuentas. No hay un castigo pendiente. La idea de que primero debes sufrir y luego descansar es una enseñanza del ego, no del Espíritu. El Amor no exige sacrificios, solo honestidad y disposición a ver diferente.
El Curso habla de pagos, de costes, de préstamos y de regateos no para asustarnos, sino para mostrarnos cómo el miedo intenta convertir el amor en un intercambio. Cómo aprendimos a dar esperando algo a cambio, a recibir sintiéndonos en deuda, a vivir como si siempre debiéramos un poco más para estar en paz. Y esa forma de vivir nos agota.
Cuando sueltas la culpa, algo muy práctico ocurre: puedes mirar tu situación con claridad. Sin dramatismo, sin autoataque. Empiezas a tomar decisiones más amorosas, no porque te obligues, sino porque ya no estás reaccionando desde el miedo. La sanación no es irresponsabilidad; es lucidez.
Tal vez hoy no cambie el número exacto de tu deuda, pero sí puede cambiar la relación que tienes con ella. Y cuando cambia la relación, el camino se ordena. Las soluciones aparecen sin lucha. No porque ignores la realidad, sino porque ya no la enfrentas desde la vergüenza.
No necesitas pagar nada para ser digna de paz. La paz no es una recompensa por buen comportamiento financiero. Es tu estado natural cuando dejas de atacarte. Y desde ese lugar, paso a paso, con paciencia y ternura, todo empieza a acomodarse.

